Un adiós sentido y verdadero
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Ayer despedimos a Samaranch. Le despidió Barcelona, Cataluña, España y el mundo entero, que tan ciudadano era de sus raíces como universal. Cuando alguien se muere y familiares, allegados, amigos y conocidos cancelan sus compromisos para despedirle es algo que emociona. Quien nos deja no nos dice qué día y a qué hora será la cita, pero cuando llega el momento todo el mundo está allí. Pues ayer, en Barcelona, a las seis de la tarde y en las puertas de la Catedral se reunieron cientos de personas importantísimas en cuyas agendas no hay un solo hueco para una reunión, una comida... Ayer, en Barcelona, a las seis de la tarde y en las puertas de la Catedral, no faltaba nadie. Samaranch había puesto a todos de acuerdo. Sin cita previa, nadie le falló.
No podía ser de otra manera. Samaranch se ha pasado la vida poniendo al mundo de acuerdo. Es una parte de su colosal legado. Cuando accedió a la presidencia del COI, los Juegos Olímpicos agonizaban. Los de Montreal 76 habían sido una ruina y los de Moscú 80 sufrían el boicot de Estados Unidos. Cuatro años después, los soviéticos devolvieron la moneda. Eran tiempos en los que no había ciudades candidatas -Los Ángeles 84 partió de la iniciativa privada- y Samaranch logró la unidad a base de viajar a todos los países hasta convertir los Juegos en el mayor espectáculo del mundo, y al COI, en una empresa saneadísima gracias a los derechos de televisión. Su habilidad fue conciliar los intereses de todos. Y ayer todos quisieron estar a su lado. Eso es un adiós sentido.




