Liberación sobre la tierra

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Las lágrimas de un tío que ha ganado ya 37 títulos en su carrera -entre ellos cuatro Roland Garros, Wimbledon y Australia- hablan por sí solas de la liberación que sintió ayer al rebozarse sobre la alfombra ocre de Montecarlo. Había dejado atrás once meses y medio de ansiedad, de malos ratos. "Tenía tantas ganas de ganar...", resopló Rafa Nadal. Llegó a su santuario, el torneo que le devuelve la sonrisa después de la pista dura y volvió a ser él, pero en versión mejorada. Sólo cedió 14 juegos antes de levantar el trofeo. Fue un rodillo, una máquina de servicio engranado, de resto poderoso e incansable y, lo más importante, superó la barrera mental de cerrar los puntos cuando tenía cerca la victoria. "Incluso con el 4-1 del primer set me puse nervioso", corroboró para reconocer que una losa le bloqueaba.
Jugar contra Nadal en tierra es jugar a otro deporte. "En circunstancias normales es el mejor de lejos", dijo Verdasco tras sufrir el martirio. En el mes de abril, cuando su raqueta viaja ligera y sus bolas liftadas pesan quintales, ha ganado sus últimos 53 partidos. Es su mes. Como hasta el año pasado lo habían sido también mayo o junio. Si sus rodillas y su físico no le permiten excesos, mejor será que dosifique cuanto antes sus apariciones, que se centre en las piezas mayores como hace Federer y se olvide (y nos olvidemos) un poco de la tiranía de los puntos. El Nadal que nos gusta es el victorioso y para hacernos felices no puede jugarlo todo.



