Fútbol y coches, una combinación sin éxito
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Este fin de semana, en Silverstone (Inglaterra), arranca una nueva temporada de la Superleague Fórmula. Ya saben, ese campeonato de monoplazas que pretende aunar dos deportes tan apasionantes como son el fútbol y el automovilismo. Coches representando a algunos de los grandes clubes del mundo en manos de pilotos experimentados y compitiendo en circuitos de primer nivel. La idea parecía interesante, aunque reconozco que personalmente nunca creí demasiado en ella. Y el tiempo, ya van tres ediciones, ha demostrado que la combinación no tiene la aceptación esperada, que las mezclas de dos ingredientes exitosos no garantiza que el resultante lo sea. También es verdad que el proyecto se puso en marcha en el peor momento de la historia para ser innovador y atrevido, en los inicios de una crisis financiera mundial que aún hoy nos golpea con crudeza.
Pero más allá de complicaciones coyunturales, siempre he pensado que el público de esos dos grandes espectáculos es completamente diferente. Los aficionados al fútbol lo que les emociona, entusiasma y hace felices es que su equipo gane al rival; sensaciones todas que hacen tan gratificante al deporte y que difícilmente asocian a la victoria de un coche con los colores de su amores. Les puede resultar curioso o llamativo... pero poco más. Y a la inversa ocurre con los apasionados al mundo del motor. Aunque puedan compartir sus preferencias con el fútbol u otras modalidades deportivas, las carreras son las carreras... y lo demás, pues otra cosa. Al margen de este análisis personal del invento, la realidad es que la Superleague Fórmula sigue adelante pero sin haber llegado a calar realmente ni en el automovilismo ni en el fútbol, incapaz de atraer el interés esperado de aficionados, patrocinadores, prensa... y ni siquiera de pilotos (sólo corren allí los que no tienen otro sitio para hacerlo).




