Mi amigo Aspar sigue en la brecha
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Pido disculpas desde ya porque asumo que mi objetividad periodística se tambalea cuando me toca escribir sobre Aspar. Sé que no debería ocurrirme, pero no lo puedo evitar. Los sentimientos son más poderosos que la lógica e incluso que el deber, con lo que difícilmente puedo mirar con el mismo prisma a un amigo desde hace más de veinte años que a cualquier otro. Jorge tiene algo más de edad que yo. Cuando llegué al Mundial como enviado especial del AS con apenas 22 años, pues me adoptó como si fuera mi hermano mayor. Viajábamos juntos, reíamos juntos y también sufríamos juntos, porque no me tocó, la verdad, compartir con él su mejor etapa.
Hoy celebra sus treinta años en las carreras y yo, qué quieren que les diga, me emociono y me congratulo de ello. La suya es una historia de pasión y entrega al deporte que le ha dado tanto pero que también tanto le debe. Y si fue bueno con un manillar entre las manos (¡cómo frenaba, Dios mío!) ahora empiezo a dudar de si no es mejor incluso sin él. Y no me refiero a su calidad humana, contrastada por quienes le conocen, sino a ese proyecto que le ha llevado a tener la más sólida estructura deportiva del Mundial. ¡Felicidades amigo!




