Senna sí que es mi gran ídolo...
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No soy demasiado mitómano. Admiro muchísimo a los pilotos en general y a los campeones en particular, pero reconozco que nunca he sido de los que les idolatran hasta límites insospechados. Quizá porque el contacto directo con algunos te hace entender que, al fin y al cabo, son personas de carne y hueso, con un talento especial pero también con algunas de las miserias que a todos nos desconsuelan. Sin embargo, todo este planteamiento se desvanece con un único piloto de Fórmula 1: Ayrton Senna. Él sí que es mi ídolo, con mayúsculas, el deportista que más he admirado y admiraré creo que jamás (quizá también tenga que ver que no tuve la fortuna de conocerle). Hoy hubiera cumplido cincuenta años, sólo unos cuantos más que yo, pero a mí me parece una leyenda.
Siempre le seguí con devoción, pero hubo un día en que para mí pasó de lo humano a lo divino. Lo recuerdo perfectamente, como si fuera hoy. Fue con su memorable carrera bajo la lluvia en Donington Park cuando tuve la sensación de haber asistido a algo único, extraordinario, irrepetible... Un piloto que desafiaba los límites de la lógica para convertir a sus rivales, los mejores del planeta, en aficionados o aprendices. Y desde entonces nadie me ha hecho sentir lo mismo con un volante entre las manos. Tampoco olvidaré jamás el escalofrío de asistir a su muerte en directo; quería que aquella pantalla no fuera de la tele, sino del cine y lo que estaba ocurriendo no la realidad, sino una película de terror. Pero no. Ayrton se marchó aquel primero de mayo. Pero su mito perdurará en el tiempo.




