Entrenador desde los 17 años

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Hay quienes no entienden que Bakero fuera una de las piezas fundamentales del Dream Team de Cruyff. El de Goizueta no tenía la magia de Laudrup, ni la calidad de Romario, ni el carisma de Stoichkov. Los más críticos le achacaban que abusara en exceso del juego hacia atrás en un equipo que maravillaba cuando entraba en conexión. Sin embargo, para Cruyff -siempre tan metódico y puntilloso- no sólo tenía cabida en su once, sino que lo convirtió en la piedra angular, su extensión en el campo, el empleado que todo jefe quiere tener a su cargo.
El motivo fue el fuerte conocimiento del concepto futbolístico que expresó sobre el campo desde que debutara con la Real a los 17 años. Sus decisiones nunca eran improvisadas y esa madurez en el análisis casi siempre influía para bien. Era como uno de esos entrenadores-jugador que tan de moda se pusieron en la Premier en los 90. Con estos precedentes la gente podía pensar que su paso a los banquillos se llevaría a cabo de forma natural. No ha sido así. Sus experiencias en Málaga B y Real fueron funestas. Tampoco su labor como segundo entrenador es bien recordada. Pero Bakero aún tiene tiempo y en Polonia además encontrará tranquilidad. Lo único que le falta ahora es suerte.



