El tesoro de los ángeles de Zouerat
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En mitad de la arena se escucharon gritos sin volumen, chillidos a media voz ahogados por el deseo. Aquellos niños, vestidos con camisetas de la segunda equipación del Real Madrid corrían y caían, se levantaban y volvían a correr en la tierra de los olvidados. Iban como locos detrás de un amasijo de calcetines atados con cordones, algunos con zapatillas, los más con los pies descalzos. Abdul, su entrenador de 19 años, contaba mirando al suelo que el partido de cada día era el único momento de consuelo en aquel mundo gris.
En Mauritania el deporte apenas existe y solo los héroes que llegan de la antena parabólica vestidos de blanco. El portero incluso quería ser Casillas y pedía que le llamaran Iker con acento de África. Al año siguiente volvimos a Zouerat. Un periodista italiano llevaba un balón de reglamento para regalar. No encontramos al equipo. Cerca de la mina de hierro apareció un joven espigado con la zamarra madridista y la cara cubierta de polvo. Ya casi no entrenaban, pero al ver el balón corrió en busca de sus hermanos futbolistas. Minutos después todos formaban para la foto en su campo del desierto con su nuevo tesoro. Su sonrisa vale una vida. Parecían ángeles.




