El día que me sentí D'Artagnan

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Durante unos minutos me quité cuarenta años de encima y volví a ser el niño que jugaba en el descampado del pueblo con esa espada de madera que ponía de los nervios a mi madre. "Niño, no juguéis a los espadachines que os vais a sacar un ojo". En el fondo era tan difícil amagar, esquivar, fintar y tocar al otro niño, que lo cambié rápido por la pelota y los guantes de portero. Pero el destino me permitió verme delante de una medalla olímpica que, para más inri, se llama Pirri. Su serenidad para mostrarme los secretos de la esgrima me engancharon. Encima, el contacto ganador se llama "el blanco válido"...
Cambiamos el acero por una espuma algodonada, pero por una vez me sentí D'Artagnan, ese héroe infantil que junto a los tres mosqueteros nos hizo soñar con aventuras de caballeros donde el Richelieu de turno terminaba pagando su maldad en beneficio de los 'buenos'. La esgrima es un arte y me di cuenta cuando Pirri, el de Pekín y no el de Ceuta (¡un día os junto amigos!), me fue envolviendo en las diferentes posturas. Que si la defensa cruzada, que si el ataque en flecha... Dicen que hasta cumplí. En realidad, tuve buen maestro. Es la clave de la vida. Si te enseñan bien, todo está en nuestra mano. Pirri, en Londres ganarás el oro...



