Con ellas nos hicimos más grandes
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Soy de los que echará de menos a las ya viejas 250cc del Mundial. Primero porque crecí con ellas y segundo porque tengo la sensación de que sirvieron para hacer más grande a nuestro motociclismo. Me explico. Durante décadas, vivimos de los éxitos en las cilindradas pequeñas. Ángel Nieto y Ricardo Tormo nos dieron títulos que a nosotros nos hacían felices pero, al mismo tiempo, parecían distanciarnos de las motos gordas. Santi Herrero pudo haber evitado que así ocurriera, pero la muerte se cruzó en su destino y propició que la historia siguiera su curso como la conocemos. Fue cuestión de tiempo y paciencia que las cosas cambiaran, no había razones objetivas para que nuestros pilotos tuvieran vetados los éxitos en categorías superiores.
Yasí fue. Pons fulminó esa leyenda negra con sus dos títulos y entonces todos supimos que también podíamos hacer grandes cosas con esas motos que ya abultaban algo más que el piloto. Tan importante como sus éxitos fue que acabó con esos prejuicios y le marcó el camino a toda una generación de pilotos. Y no sólo me refiero a Pedrosa y Lorenzo como los siguientes campeones de dos y medio, también a otros que osaron dar el salto a esa cima de los 500cc en un desafío que culminó con la corona de Crivillé en 1999. Por ello ahora estamos donde estamos. Porque seguimos siendo igual de buenos con las pequeñas 125cc pero también mandamos con las poderosas MotoGP, como hicimos con las 250cc y supongo que a partir de ahora con las nuevas Moto2.




