El extraño caso de Van Nistelrooy
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Cuando los genios hablan suelen decir alto, claro y antes que nadie las ideas sencillas que los demás complicamos en nuestra cabeza. El rubio Denis Law, el único escocés que ha ganado (y seguramente ganará nunca, mal que le pese a William Wallace) el Balón de Oro y uno de los reyes de Old Trafford (le llamaban The King hasta que llegó Eric Cantona), vio un día cómo Ruud van Nistelrooy superaba su récord de goles en la Copa de Europa con los diablos rojos. No le importó. Y dejó una verdad en una frase que cualquier madridista firmaría hoy: "Me alegro por Ruud. No le podía haber pasado a una persona más encantadora".
Pocos delanteros han logrado en Chamartín tanto en tan poco tiempo. Un porcentaje goleador espectacular, un pichichi, dos Ligas en tres años... Pero más allá de las cifras está el aire de un goleador diésel (llegó al PSV con 22 años) que cae bien con su aparente normalidad y su sonrisa sin truco. Quizá porque rompe la imagen del crack del siglo XXI y semeja uno de esos futbolistas de antiguo, todo un hombre entre tanto niño. A Woody Allen se le olvidó, pero hay que acabar de una vez por todas con el topicazo del holandés errante. Ruud no navega nunca sin rumbo: ha calado hondo en todos sus clubes. Coge el barco hacia Hamburgo. Ojalá su próximo puerto esté en Suráfrica.



