El Santander cotiza en las emociones
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El Banco Santander expuso ayer su estrategia de patrocinio en la Fórmula 1. Resultó un discurso enriquecedor, porque más allá de los impresionantes datos económicos de esta gran compañía española con vocación multinacional, de las cifras de su inversión o de sus expectativas de retorno de la misma, lo que realmente me interesó es su entrada en un nuevo mercado, que no es el de los valores de bolsa, sino el de las emociones. Su apuesta es tan firme como justificada, porque son conscientes de que el deporte es el mejor vehículo para acercar un servicio a sus potenciales clientes, sobre todo cuando resulta tan árido como puede llegar a serlo para la mayoría un producto financiero. Y dentro del deporte, la F-1 representa la excelencia y la universalidad.
Creo que debería ser un orgullo para todos los españoles, al menos para los aficionados al automovilismo, que una empresa de aquí haya logrado alzarse a los altares de la leyenda, colocando su nombre en una escudería como Ferrari y en un campeón como Fernando Alonso. Si así ha ocurrido no es por casualidad. Era fácil de intuir pero ayer tuvimos la constatación de que este éxito del Santander es fruto de una estrategia estudiada y desarrollada durante los últimos tres años. El banco quiere que sus clientes se sientan orgullosos de serlo y han elegido a la F-1 para conseguirlo. A mí me parece que no podían haber escogido ningún otro mejor. Será porque aún se me acelera el pulso cada vez que veo a Alonso vestido de rojo y con el nombre de este banco en el pecho...




