Las lágrimas de toda una leyenda viva
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Comenzó como siempre, mirada alta, pecho arriba, y palabras que salían sin esfuerzo. Gracias a unos y otros, a ti Lucas, por todo, a mi familia, al equipo, a estos y los otros. Y de repente la mano empieza a temblar, el micrófono a un lado y las lágrimas. Carlos Sainz, ganador del Dakar, bicampeón del mundo de rallys, leyenda del deporte español, habitante de esa casa de mitos donde vive junto a Nieto, Indurain, Alonso o Nadal, demostrando ante un centenar de periodistas su grandeza como persona, mas allá de ese personaje que sale en la tele o en los periódicos. Y es que a veces vemos a los ídolos como si fueran muñecos de ciencia ficción que no padecen ni sienten. Pero lloran y hasta sonríen. Y sus primeras llamadas son para la familia que sufre en la lejanía, con un océano separando sentimientos. Como nos sucede a todos los que vamos a esta carrera.
Y es que Sainz, madrileño de siempre, con pinta de aquí estoy yo, andares de rey (para qué fijarnos en príncipes árabes), hombre de retos e ilusiones que viajan hasta la realidad, es ante todo un tío grande, una persona recta y seria, buena gente, sin más historia que la que se lee en su cara. Y ayer lo mostró todo. A su lado, su esposa, que confirmó mis sospechas de mujer de las que merecen la pena, tranquiliza su alma con caricias en la mano. Y enfrente Cruz, con la piel erizada, con su mujer, los dos llevan los sueños escritos en la mirada. Sainz, allí en el terreno, en Atacama o Fiambalá, en las dunas blancas o en las grises, en la gran montaña de arena de Iquique o en La Pampa infinita, ha estado más concentrado que nunca, con volante o en el campamento, para ganar esa carrera del desierto que se puede perder sin necesidad de buscar razones. Ayer en casa, regaló un instante eterno.




