El orgullo de jugar con España
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Las chicas del baloncesto han puesto de moda la marca España. Cinco campeonatos y cinco podios. Las últimas fueron las Sub-16. Primero perdieron con Serbia; luego, con Turquía. Ya no tenían más margen de error. ¿Iban a ser ellas las únicas en volver a España sin medalla? Picadas en su amor propio, sacaron casta y orgullo. Cayeron italianas, rusas y cuantas se pusieron por delante. El efecto dominó, aquel que en los Juegos de Barcelona 92 provocó que las medallas cayeran en cascada, hasta 22, había hecho efecto. Cuando una gana y la otra también, como la siguiente, y así la que va a continuación, se crea una cadena que ya es muy difícil romper. El solo hecho de vestir la camiseta de España crea un plus que no tienen los demás.
Las jugadoras tienen sus clubes, juegan cada semana, pero cuando de verdad se divierten y compiten con la máxima intensidad es cuando juegan con la Selección. Primero se calientan con las concentraciones de Navidad y Semana Santa, algunas desde los doce años cuando entran en el programa de detección de talentos. Después, cuando van recibiendo las llamadas de Evaristo Pérez, Jordi Fernández, Lucas Mondelo, Carlos Colinas o José Ignacio Hernández, la adrenalina se les pone a cien. Llega la hora de jugar con España. Se van a Letonia, a Polonia, a Suecia, a Tailandia o a Italia, y vuelven con la medalla colgada del cuello. Algo ha cambiado, sí. Sobre todo que desde que Sáez preside la Federación jugar con España es un orgullo.




