Velázquez, el Niño de la Menta

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Si a un servidor le dejaran elegir y pudiese meterme en la máquina del tiempo me habría pedido ser de niño Manolo Velázquez. El día que me contó que él nació a sólo 300 metros del Bernabéu, en la calle de la Menta (ahora Víctor Andrés Belaúnde), se me iluminaron las pupilas porque ese siempre fue mi sueño incumplido de la infancia. En Carabanchel no nos fue tan mal y recuerdo los partidos del viejo Cotorruelo, pero eso de levantarte por la mañana a andar tres minutos y ver el majestuoso Bernabéu para pedir un autógrafo a Di Stéfano, Puskas o Gento debió ser algo sublime. Velázquez estaba bendecido desde niño para pasar a la historia del Madrid.
Y el niño creció. Su talento con el balón en las botas no desmerecía al de sus ídolos. Además, el buen manejo que en aquella época hacía el Madrid de su cantera permitió que chavales como Velázquez tuvieran la oportunidad de defender ese escudo que para ellos dejó de ser una quimera. Durante años enamoró al Bernabéu con su elegancia, capacidad para dar pases en largo a la bota y esa técnica depurada que separa a los elegidos de los mediocres. Cierto sector de la grada, más abonado al sudor demagogo que a la filigrana, le castigaba con silbidos que él siempre supo manejar con serenidad. También es cierto que en las peñas a las que viaja cada fin de semana lleva una foto histórica suya intentando una chilena ante el Sabadell, que acabó con una costalada espectacular... En Toronto saben del Madrid porque allí ya estuvo Velázquez hace 30 años. Eran los tiempos en los que allí el soccer era simplemente fútbol.



