Los héroes no son de goma
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Clarines y timbales, fuegos de artificio, luces que se encienden y se apagan, música atronadora. Fiesta en Las Ventas, noche de verano, aventura. Sale Sinclair, el chico del doble mortal, heredero de la leyenda de Pastrana, su novia sonríe con su melena rubia al aire de Madrid y el australiano que vuela, toca la luna española, el público enloquece y Sinclair respira profundo dentro del casco. Adrenalina pura. En el jurado el gran Marc Coma señala a Jonathan Barragán, ahora lo va a hacer, ahora y la gente corea su nombre, aplauda la expectativa con los corazones al límite, Sinclair que se mete en el túnel, Sinclair que aparece por el túnel, Sinclair que sale volando hacía lo más alto y da una vuelta en el aire con su moto, después otra y... Sinclair...
La luz se apaga y aparece el silencio, como si acabara de llegar un invitado de los infiernos. Sinclair tirado en la arena. Jeremy Stenberg arranca su moto y llega hasta su colega, de repente gritos y más gritos, una doctora que llega, camillas... lágrimas del amor rubio. Y Sinclair no se mueve. Alguien dice que estos chicos son de goma, no pasa nada, qué siga la fiesta. Pero nada es igual. Y el chico australiano de 25 años sale del ruedo de camino a la incertidumbre del destino. La vida al aire. A veces miramos a los deportistas como muñecos de un videojuego, pero son personas, especiales, únicas, héroes capaces de lo increíble, pero también frágiles, construidos por momentos que quizá no se vuelvan a vivir. O sí. Sinclair lucha mientras en Australia se siente el cielo de Madrid.




