Todo era un duelo de vanidades
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Lo había defendido desde el principio, pero reconozco que en las últimas semanas las dudas se habían apoderado de mi convencimiento. El acuerdo era la única alternativa válida en el enfrentamiento entre Mosley, Ecclestone y los equipos... y así ha sido. Un conflicto enquistado desde hace semanas se ha resuelto en unas pocas horas, así que parece evidente que la solución no era tan compleja como nos la han querido vender. Se trataba, básicamente, de una guerra de egos, de un duelo de vanidades en el que nadie estaba dispuesto a ceder mientras que existiera otra posibilidad. Cuando los recursos se han acabado, ha brotado la paz casi por generación espontánea...
Me alegra mucho que así haya ocurrido, porque lo de los dos campeonatos me parecía un auténtico disparate en todos los sentidos. La batalla la han ganado claramente los equipos, porque a Mosley le ha costado la presidencia (está virtualmente fuera de la FIA, al menos en lo que a F-1 se refiere) y a Bernie una buena parte del pastel de sus beneficios, cuya proporción quizá algún día conoceremos. Sin embargo, lo que no gusta es la sensación que me deja todo este culebrón: la de tomadura de pelo generalizada. Una pelea de gallitos que ha estado a punto de llevarnos al caos.




