El Rey de Roma para la eternidad

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Aquella canarinha de España 82 reinventó el tiqui-taca de los tiempos modernos, pero se estrelló contra la garra de Italia y la inspiración de Rossi, trigoleador en el partido decisivo de la segunda fase. Para muchos, ningún otro Brasil ha dado la sensación de ser tan superior a los rivales, abusando a sus anchas de la posesión de balón. Incluso sin victoria ni medallas, el cuarteto de centrocampistas pasó a formar parte de la mitología del balón: Sócrates, Zico, Falcao y Toninho Cerezo. Juntos resultan inolvidables. Por separado, ninguno ha caído tan al segundo plano como Falcao, al menos a nivel mundial.
Cuestión de márketing, será. De buscar una historia excéntrica o poner un apodo altisonante: Sócrates, el gigante bohemio del balón, el filósofo que escribió libros sobre fútbol y vida. Toninho Cerezo, el exquisito que se convirtió en jugador y entrenador trotamundos. Zico, cómo no: nada menos que el Pelé blanco. Falcao no tiene culebrón, pocos conocen que se quedó, como Maradona, a pocos centímetros de acudir al Mundial 78. O que nadie cobraba más que él (un millón de liras) cuando fichó por el Roma, en 1981. Allí, en la capital italiana, pasó cinco temporadas excelentes y consiguió uno de los tres únicos scudettos que enseña en sus vitrinas el equipo giallorosso. Allí le apodaron, aunque en otros lugares del mundo ni le reconozcan por la calle, el Rey de Roma. El mejor lugar para alcanzar la eternidad.



