No es el dinero, es el verano
Las imágenes de Cristiano Ronaldo con Paris Hilton han dado la vuelta al mundo y la noticia ha encontrado atención similar en telediarios y programas del corazón, en espacios deportivos y en los ecos de sociedad. El hecho sirve para medir la repercusión mediática del nuevo jugador del Real Madrid, que se ha visto potenciada, esta vez, por la popularidad de la bisnieta de Conrad Hilton, creador del imperio hotelero que lleva su apellido y hombre visionario: receloso de sus herederos, cuentan que quiso donar su fortuna a la Iglesia Católica. No lo consiguió.
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Las fotografías, por lo demás, no ofrecen nada sorprendente. Paris, polifacética en frivolidades, flirtea con Cristiano, que disfruta de sus vacaciones en Los Angeles y de sus esplendorosas 24 primaveras. Nada se puede reprochar ni al encuentro ni al retoce, y si el futbolista visitó después la casa de la muchacha sería para cenar algo que asentara su hambriento estómago de noctámbulo, quizá un café con sobaos o muffins. Paris, resulta conocido, es tan acogedora como la capital de Francia y hospitalaria como los hoteles que patrocina.
El resto son detalles morbosos y ligerezas de ropa, curiosidades de mirón. Los chicos son jóvenes, el verano es tórrido y el efecto de las bebidas espirituosas sobre las panzas vacías puede ser traicionero. Sería un error, observando este episodio, pensar que lo que nos distingue de Cristiano es el dinero. Lo que nos diferencia, y me ciño a este caso, son los fotógrafos.



