El orgullo manchego es único

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A media tarde miraba de reojo la transmisión televisiva del Quijote Arena y una nube negra se posó sobre mi cabeza. Los alemanes, osados y tercos como siempre, no sólo defendían su amplia renta de Kiel (39-34) sino que nos estaban mojando la oreja. Con 9-12 en el marcador lo normal habría sido firmar la derrota y asumir que los gigantes germanos dibujaban un Domingo Negro que empezó con la claudicación de Nadal ante un tal Söderling. Llamé a mi padre, manchego irreductible de Villarrubia de los Ojos, y su respuesta me incendió: "Tranquilo hijo, que estos ya se comieron a los alemanes en Kiel el año pasado. No olvides que llevan en la sangre el espíritu manchego". Tiene razón. No hace falta haber nacido en esta tierra sufrida para impregnarse de ese espíritu que convierte a sus gentes en jornaleros de la épica hasta hacerla cotidiana. Veo a Sterbik parar o a Stefansson y Rutenka enchufar un gol tras otro y es como si se hubieran criado en la Ruta de Don Quijote.
Entre Talant Dujshebaev (orgullo vikingo en estado puro) y la mano que mece la cuna de este AVE campeón (Domingo Díaz de Mera) han fabricado un milagro que hoy celebrarán mis paisanos aprovechando la festividad del Día de Castilla-La Mancha. Llevan tres Copas de Europa en cuatro años (¡triplete!), casi al ritmo del Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento. La remontada final fue para enmarcar. Creen, sienten y hacen realidad sus sueños. Los de una tierra que los adora. ¡¡¡Campeones!!!



