Una contrarreloj de verdad
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Hoy se celebra una contrarreloj en el Giro que tiene al pelotón atemorizado. Son 60,6 kilómetros con un puerto de tercera y otro de segunda. La distancia podría considerarse larga, pero dentro de lo normal, pues estaría dentro de los límites que pone el Tour. Lo que hace extraordinaria a esta crono es la inclusión de dos puertos de montaña, uno de ellos de cierta entidad. En las cronos se han subido puertos de mayor categoría, pero en la llamada cronoescalada, que es subir hasta la cima y nada más, lo cual reduce muchísimo el kilometraje. Dicho esto, creo que hay que celebrar esta crono que ha puesto el Giro por una sencilla razón: vamos a presenciar una carrera pura, no de ciclistas vestidos de marcianos sobre bicicletas galácticas.
Últimamente las contrarreloj tienen una dependencia excesiva de la técnica. Los manillares de cabra, las ruedas lenticulares, el cuadro aerodinámico, los cascos de los corredores y los monos en vez de maillot y culotte dan una imagen del ciclismo un tanto tecnificada. No está mal que sea así, pero se ha abusado tanto que tampoco está de más una crono donde prime el esfuerzo del ciclista -aunque veamos lenticulares y cambios de bicicletas- sobre los inventos de los ingenieros en el túnel del viento. Va a haber grandes diferencias en la crono, sí, pero el ciclismo no deja de ser una carrera de eliminación y hoy los corredores afrontan una prueba suprema, gracias a que el Giro se ha salido de la línea. Pues bienvenidas cronos duras como ésta.




