Sólo queda esperar el milagro
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El Sporting viajó hasta Almería con la presión de buscar un triunfo necesario frente a un rival con los deberes hechos, con la intención de disfrutar del fútbol, sin importarle en exceso el marcador final. En el inicio del partido se notó de todo. La falta de intensidad de los locales y las prisas de los visitantes. El gol de Carmelo no cambió las cosas en el desarrollo del juego, aunque sembró dosis de optimismo y esperanza en la legión de aficionados sportinguistas repartidos por la geografía española y los dos centenares que estuvieron animando en las gradas del almeriense estadio de los Juegos del Mediterráneo. Pero en el campo no sucedió lo mismo. Faltó consistencia. Así llegó el tanto de Nieto. Con la igualada apareció el bochorno hasta el descanso.
Los gijoneses vivían de esperanza, con las referencias de otros marcadores. Ese era el pecado, fijarse más en los demás que en sus propias fuerzas, que eran mínimas. La debilidad defensiva, tan vista todo el año, fue la aliada con los almerienses para que Uche marcara. La impotencia, que querer y no poder y la falta de sentido se apoderó más aún de los gijoneses. El descenso estaba en juego, pero no se notaba. Carmelo fue el espejo del Sporting. El canario tuvo que pedir el cambio, ahogado por la impotencia, con una imagen inédita. Preciado lo hace más difícil todavía. Y esta vez el árbitro no fue el culpable del ridículo. Queda esperar un milagro, pero con la necesidad de hacer algo. Sólo con los males de los demás no hay remedio.




