El cabezón de la eterna sonrisa

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Dos cosas se agradecen de Manolo Santana: su sonrisa indeleble y su cabezonería. Con la primera, convierte en cercano un personaje que, para la gente que descubrió el deporte en blanco y negro, es mítico y para los que se iniciaron/amos en color, también, porque reconocemos su carácter de pionero. Igual atiende a una voluntaria del torneo, que lanza piropos a un antiguo rival, alterna con la alta alcurnia en los palcos o difunde por el mundo las bondades del tenis español. Con una sonrisa.
L a cabezonería, en su caso, se convierte en virtud. Sin ser de familia de posibles y con su padre en prisión, represaliado por el régimen, supo buscarse la vida en un deporte desconocido en España y practicado por "pijos" (la cristalina descripción es suya). Se empeñó en ganar Roland Garros y lo hizo, y Wimbledon, y el US Open. Y no paró ahí, porque siguió ejerciendo de capitán de Copa Davis, de entrenador, de organizador de torneos... Todo para conseguir que el tenis sea en este país una referencia. Con 70 años es director de una joya, el Mutua Madrileña Madrid Open, que recaló aquí gracias a su empeño y habilidad para enredar a un zorro de los negocios como Ion Tiriac en una aventura que no ha podido salir mejor al rebufo de las aspiraciones olímpicas de la ciudad. Ahora, el Masters de Madrid adquiere una nueva dimensión porque reúne a hombres y mujeres en un nuevo templo deportivo, La Caja Mágica, de arquitecto de firma, Dominique Perrault. Justo es que la Central se haya bautizado como 'Manolo Santana'. Este agradable cabezón que vuelve a ganar como director.



