Su revólver tiene balas de seda

Huntelaar ha enseñado sus afiladas uñas. Su cara aniñada le ha impedido ganarse antes el respeto. El día que fue presentado en el Bernabéu, el maestro Di Stéfano bromeaba sobre su edad: "¿De verdad tiene 25 años? Si es un crío". Los nueves parecen predestinados a tener cara de malotes, instinto depredador y desatada agresividad. Así eran Stoichkov y Zamorano. Pero Huntelaar es de esa escuela holandesa basada en la colocación, la intuición y la sangre fría. En mis años imberbes había arietes de la escuela oranje como Rep y Resenbrink que se limitaban a cumplir con su oficio: enchufarla. Por eso nunca entendí las dudas iniciales con su fichaje. Huntelaar fue la temporada pasada el Bota de Bronce de Europa, con 33 goles. Aval suficiente para darle tiempo al chaval.
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Sus dos tantos en La Catedral le han bautizado para entrar en el santoral de los delanteros centros que han defendido con dignidad la zamarra blanca. Cuando los leones rugían más, El Cazador sacó su fusil para tumbar a Iraizoz con dos disparos certeros y selectos. El primero abajo, donde duele, en ese hueco del primer palo donde los riñones del portero te dicen: "Ni lo intentes". El segundo fue una delicatessen. Vaselina-palanca digna del mejor Raúl. En El Molinón tampoco olvidan sus balas de seda y Leo Franco sigue buscando el obús que firmó las tablas del derbi.
Decía San Casillas tras la manita de San Mamés que necesitaban a Huntelaar "como el comer para ganar esta Liga". Iker sabe de lo que habla. Él cantó tres alirones gracias a los goles de matadores del área como Ronaldo y Van Nistelrooy. Son tipos nacidos para sonrojar a los porteros. Especialistas. Huntelaar tiene la llave de la remontada. Por eso está el madridismo de enhorabuena. Ruud sigue de baja. Pero no estamos huérfanos. The Hunter tiene la recámara de su revólver plagada de balas. Las que darán otra Liga



