En Corea perdimos al mejor Diego

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Corea fue para Tristán casi peor que para los americanos, en aquella guerra de los 50: un marrón, un desastre letal. Encumbrado por el Centenariazo y por una temporada de Pichichi, el Mundial 2002 debía de consagrarle a escala planetaria... Pero ocurrió al revés. Diego no marcó, titular en los dos primeros partidos del torneo. Y eso resultaba lo de menos: el colmo de las desgracias llegó en forma de esguince. No saldría ni un minuto más en aquel campeonato y, renqueante, tardó demasiado en sanar durante la temporada que vino con el Depor. Para cuando estuvo en forma, curado del todo, Makaay y Pandiani ya le habían robado los goles y la moral. Esa moral de chaval sevillano al que, tras años en A Coruña, le faltaban las castañuelas y, ahora, hasta los piropos.
Y le sobró la morriña. Con ella, un largo tiempo de críticas, de aventuras nocturnas aireadas por la Prensa. De pocos minutos y menos goles. La espiral autodestructiva que tanto talento futbolístico (y cuánto cabía en esa planta, ese cambio de ritmo) se lleva por delante. En 2007 le rescató el Mallorca. Luego, el Livorno. Su calidad colea como para que aún confíen en él Zola y su West Ham. A los 33, seguro nos regalará alguna imagen más para los resúmenes, pero qué lamento, qué delantero más grande se nos escapó en una pegajosa tarde de Corea. Ese esguince molesto e inoportuno fue un pinchazo en la rueda, una cáscara de plátano, una mayonesa en mal estado. Y detrás de ellos, la fortuna, o la vida, que se marchan de repente por entre las milimétricas rendijas del destino.



