Ser del Madrid, ser del Atleti
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Un seguidor del Atlético no tiene que explicar nunca sus ojeras. Ni el desaliño casual. Si el aficionado rojiblanco se afeita en el barbero y viste con traje de sastrería se entenderá que es un infiltrado en el mundo del capitalismo, un cierto tipo de saboteador de guante blanco; perdón, quise decir de guante negro. Ser del Atlético, hay que admitirlo, resulta atractivo. La derrota alimenta la leyenda y la victoria, también. Con el paso de los años uno piensa, lo confieso, que hubiera gustado más a las mujeres de haber sido del Atleti. Por lo menos, me hubieran consolado más, lo que ya hubiera computado como un acercamiento.
El Madrid, sin embargo, ha hecho poco por alimentar su leyenda, sólo ganar. Entiendo que eso está bien para el museo y los japoneses, pero ha sido filosóficamente insuficiente. Por esa razón le favorece tanto el papel de perseguidor irreductible. Porque le otorga romanticismo y le resta prepotencia. La caza del Barcelona es, además de un fabuloso reto deportivo, una magnífica campaña de marketing. El Madrid ya no es el equipo todopoderoso de antaño. El Madrid hace sufrir. Y las mujeres deberían entenderlo.



