Yo digo | Raúl Romojaro

Los pilotos son de una pasta especial

Raúl Romojaro
Redacción de AS
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La línea que separa la fortuna de la tragedia es tan fina que en ocasiones resulta casi imperceptible. En cuestión de décimas de segundo o por una diferencia de milímetros, la vida de una persona puede cambiar sin apenas darnos cuenta. A Héctor Barberá, por ejemplo, le faltó muy poco para que su carrera como piloto se acabase el pasado 27 de septiembre, en el GP de Japón. Sufrió una caída escalofriante y se fracturó tres vértebras, una lesión con la que siempre asoman los peores fantasmas. Sin embargo, ése no era el día que el destino había elegido para acabar con la vida deportiva de un prometedor piloto y ahora, cinco meses después, el valenciano está de nuevo sobre una moto, luchando un año más por ser campeón del mundo.

La valentía de estos chicos me fascina y me sorprende. Lo he visto una y mil veces a lo largo de los últimos veinte años, pero no por ello deja de resultarme increíble esa capacidad de superación de los motoristas. Caerse es duro, se lo aseguro. Lesionarse incluso aún más, porque les deja sin poder hacer lo que más desean. Pero estar postrado en una cama durante tanto tiempo como lo estuvo Barberá es lo peor, porque concede a la cabeza el privilegio de pensar en lo que el corazón no quiere: el miedo, el dolor, la frustración, la muerte... Sin embargo, nada de ello parece intimidar a estos tipos hechos de una pasta especial. El de Héctor en Motegi no fue un accidente más, pudo costarle la vida o al menos la vida con la que sueña. Una posibilidad terrible aunque no lo suficiente como para doblegar el coraje de estos hombres excepcionales. De verdad que les admiro...

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