La ciencia al servicio del talento
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El Liverpool estuvo a punto de fichar a Cristiano Ronaldo. El segundo de Gerard Houllier, Phil Thompson, viajó a Portugal para ver a un joven y errático extremo incapaz de tomar una sola decisión correcta. Tenía 18 años, su agente pedía 1,2 millones de euros de sueldo y el Sporting, unos 5. Por aquel entonces Arsene Wenger también sopesaba hacerse con él, pero le echó atrás lo mismo: su talento debía pulirse y no tenía claro si debajo encontraría un diamante o un jugador vulgar. Al final fue Sir Alex Ferguson el que decidió gastarse 12 millones en el futbolista ese mismo verano.
La ciencia no puede describir ni reproducir un ojo futbolístico, pero puede ayudar a pulir el talento. Desde hace tres décadas, estudiosos del deporte se han tomado en serio la posibilidad de hacer el fútbol más saludable, más seguro y más entretenido. Está en continua evolución porque se reconoce como una manifestación tanto cultural como educacional y cualquiera que se pasee por un campo de entrenamiento descubrirá que ya no avergüenza contar con la ciencia porque puede, como ocurrió con Ronaldo, llevar más allá el límite del ser humano.




