Yo digo Juanma Trueba

El capitán, un goleador de barrio

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Los goles de barrio se marcan con el tacón o las nalgas, con el pecho o las orejas. Los goles de barrio se marcan con el cuerpo entero y se benefician del engaño o de la distracción mortal. El goleador de barrio presta tanta atención al balón como a la debilidad humana, al accidente o al imprevisto. El goleador de barrio aprende antes el gol que el fútbol. Raúl no marcó de tacón para lucirse, sino porque era la única forma de alcanzar un balón que se le escapaba por la espalda. No eligió la belleza, ni la consideró siquiera: se agarró a la necesidad. Y hubiera golpeado esa pelota rebelde con cualquier parte de su anatomía, como hizo ocho años atrás, cuando el ansia le llevó a marcar de un manotazo contra el Leeds, en Champions, ustedes recordarán.

Si Raúl prolonga su carrera en el primer nivel es por su inteligencia. Ha perdido velocidad y frescura, eso que llamamos chispa, pero mantiene intacto el pulso del barrio, el instinto de supervivencia. Frente a él sucumben delanteros jóvenes y universitarios, técnicos vanguardistas y críticos de salón. Raúl se crece en los partidos ásperos, se reinventa en los problemas. No habrá otro como él y la última razón de un millón es que los niños de ahora ya no juegan en los barrios de antes.

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