Soñar que los límites no existen
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Siendo un crío, esperaba doce meses al año a la llegada a Madrid de los mejores pilotos de Supercross. Algunos americanos, los europeos más famosos y los españoles que buscaban su lugar en una especialidad casi desconocida. Eran las primeras ediciones de una competición que hoy aún se sigue celebrando y yo contaba los días que faltaban para la siguiente justo al acabar la anterior. Después vino lo que parecía sólo una moda, pero que en realidad llegó para quedarse: el freestyle. Saltos imposibles que nos dejaban boquiabiertos a pesar de que entonces los trucos estaban en pañales. Aquello, sin embargo, no despertaba en mí tanta pasión. No sé si porque había perdido la mágica ilusión de la adolescencia o porque me parecía más un circo que otra cosa...
Hoy, viendo el asunto con algo más de perspectiva, el freestyle y sus variantes me siguen pareciendo más espectáculo que competición en el sentido exacto del término, pero reconozco que me admira lo que estos hombres son capaces de hacer con sus motos... y ahora también con sus coches. En lo que sí coincide plenamente esta disciplina con el deporte en estado puro es en sus connotaciones más esenciales y valiosas: el afán de superación, el desafío a los límites y la búsqueda de la excelencia en lo que se hace. Y en todo ello estos malabaristas no nos defraudan, más bien lo contrario. Nuestra capacidad de asombro tampoco parece conocer límites, porque cuando creemos haberlo visto todo, siempre nos queda algo por descubrir.




