Yo digo Alejandro Delmás

Su Tierra, su Wimbledon, su Reino...

Alejandro Delmás
Importado de Hercules
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Cuando, entre las tinieblas que caían sobre el All England Club, la derecha de Roger Federer se quedó en la red, Rafael Nadal cayó a la hierba de Wimbledon y allí se convirtió, de hecho y por derecho, en el número uno del tenis mundial. Fue ahí, cuando el crepúsculo del domingo seis de julio de 2008 caía sobre Londres. No fue antes, no debió ser después. La ATP iba a firmarle el número uno a Nadal el 18 de agosto, en vísperas del oro de Pekín. Daba un poco igual: Nadal era el mejor desde aquel thriller de Wimbledon, puro suspense, tensión infinita, que Sports Illustrated proclamó como "La mejor final de todos los tiempos".

Nadal había pasado al galope tendido sobre la tierra rojiza de Roland Garros: desde 2005, en el Bosque de Bolonia, en París, reina la ley de Rafa Nadal. Sólo Björn Rune Borg, entre 1974 y 1981, impuso una ley tan marcial. La ley que hace amotinarse al buen pueblo de París contra el rey de la tierra batida, a la que salta. La tierra de Roland Garros es el reino de Nadal: como todas las pistas de tierra del mundo. Pero, cuando esa bola de Federer se perdió en la noche del All England, Nadal fue el rey de la Tierra, de Wimbledon... y de la ATP.

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