F-1, 7,2 millones; ACB, 0,4
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Comparo los 7,2 millones de telespectadores que tuvo la Fórmula 1 el domingo con los 493.000 del Tau-Madrid el sábado y, la verdad, es como para hacer un estudio sociológico de los gustos deportivos de los españoles. Ya sé que la liga regular de la ACB es clandestina para el aficionado y que de la Fórmula 1, en cambio, ahora sabemos todos; también es una realidad que en las tertulias de ayer se hablaba de cuánto podría haber pagado McLaren a Glock para que se dejase pasar por Hamilton y no de que el Madrid de baloncesto, como siga a este paso, entrará en la Copa por la gatera, es decir, como invitado. Todo esto es verdad, pero que haya tanta diferencia en las audiencias, insisto, es como para hacer un estudio.
Cierto es que la Fórmula 1 ha pegado un insospechado tirón por las victorias de Alonso: de 2,3 millones en 2003, a 9,2 en 2006. Se puede entender. Pero que el domingo 7,2 millones viéramos una carrera en la que Massa y Hamilton se disputaban el título, son muchos millones. Es la confirmación de que la Fórmula 1 ha entrado en nuestras vidas. Su guión es realmente bueno. A base de ver tanto a Alonso, todos sus rivales nos son familiares. Tenemos un buenísimo que es Alonso y un malísimo que es Hamilton. Luego están los simpáticos, los patosos, etc. Nos sentamos ante la televisión y nos es fácil tomar partido. Si no gana el bueno, que pierda el malo. Y como no sabemos cómo acabará la película, mejor todavía. Una fórmula que funciona.




