Yo digo Juanma Trueba

Sobre la gorra de Marcelino

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Puede ser un gesto de coquetería para tapar una calva brillante o quizá se trate del deseo de ocultar aquello que le hizo famoso, la cabeza, el cabezazo. Mostrar el cráneo sería tanto como ser Pelé y caminar descalzo, o como ser Bardot y enseñar los pechos. Hay tesoros que deben permanecer a resguardo y como la gorra es de Adolfo Domínguez, otro gallego, la elegancia está a salvo y el tarro caliente. Yo no vi jugar a Marcelino, pero me basta la gorra. Desde ella se traza la personalidad de un jugador distinto, rebelde, una estrella. De esa fama habría quedado el hábito de esconderse entre la gorra oscura y las gafas negras.

Cuentan que estudió para cura y de aquella etapa le quedan las sentencias. Dicen que cuando él saltaba los ojos de los defensas le llegaban por la cintura. Aseguran que el gol a la URSS lo marcó con la cabeza, aunque lo hizo con la cintura. Y afirman, también, que aquel Yashin era bueno. Saludó a Franco sin ganas, se retiró a los 30 como gloria del Zaragoza y fue durante 44 años el autor del gol más importante de la historia del fútbol español. Hasta que marcó Torres. Esa noche Marcelino se quitó un peso de encima y se dejó la gorra, presumido y orgulloso. Yo no le vi jugar, pero me hago una idea.

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