El deporte del buen toreo
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Pruebe a coger un capote; luego, la muleta y el estoque. Le sorprenderá lo que pesan. También se sorprenderá si aprieta el antebrazo de un torero. Puro acero. Como sus muñecas, como su mano. De otra manera no podría soportar durante la lidia el peso de los trastos. Un brazo tan fuerte sólo se consigue con trabajo. De llevar, por ejemplo, una barra de hierro mientras dura el paseo. El paseo por llamarlo de alguna manera; más que paseo es marcha. Marcha que para aguantarla hay que estar muy en forma. Marcha a siete u ocho kilómetros por hora. Y también carrera a doce o catorce por hora, que es un ritmo bueno. El torero, a base de entrenamiento, se hace un gran deportista. Ya lo vimos cuando Ponce y José Tomás jugaron un Madrid-Atlético.
Ser torero obliga a tener una condición física extraordinaria. Aunque el torero parezca relajado, sus músculos están preparados para, en décimas de segundo, esquivar un derrote, perder unos pasos ante la cara del toro, saltar una barrera de metro y medio de altura, correr en auxilio de un compañero o sufrir el menor daño cuando una voltereta le puede lanzar muy, pero que muy, alto. El reportaje de Tomás Guasch con Castella nos muestra la faceta deportiva de los toreros. Ya no es sólo jugar al frontón y cazar, sino que hay una preparación específica para aguantar la lidia, que comienza con unos estiramientos en el hotel, tal y como hacen los deportistas antes de la competición. Porque el toreo no es sólo arte; también es esfuerzo, pero no se ve.




