El secreto del nuevo Diarra

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Diarra se arrastraba hace un año con mucha pena, nula gloria y menos fútbol en sus botas de marfil. Lento, sin fuelle, negado en el pase y torpón. El Ramadán lo mantuvo flojo de piernas durante un mes y después le costó sangre y fuego recuperar la forma extraviada en unas veladas interminables, en las que tenía que hacer hasta tres comidas para evitar desfallecer tras los entrenamientos matinales de Valdebebas. El club se preocupó por la situación del chaval, consciente de que debía respetar sus creencias religiosas pero manejando la situación para evitar que lo pagase el primer proyecto de Schuster. Mahamadou quedó tan tocado de aquel mal arranque de curso que Gago le ganó la partida y fue un náufrago hasta bien entrada la primavera. De hecho, sus últimos diez partidos de Liga (deslumbró en Santander, Pamplona y ante el Barça) evitaron su traspaso al Inter, que ofrecía 30 'kilos' por él.
Ahora vivimos una situación radicalmente opuesta. Diarra se sale desde que empezó el Ramadán y es de los tres mejores de su equipo. Sube, baja, asiste, ayuda, recupera y tapona. Diarra en estado puro. El secreto está en la magnífica actitud del malí, que entendió las razones deportivas del club para aceptar alimentarse durante el día con pequeñas porciones de arroz, suficientes para evitar un desmoronamiento físico. El africano se quedó aquí por aclamación popular del vestuario ("¡Diarra se queda, Diarra no se vende!"). Pero hay algo más importante. Es un magnífico futbolista...



