Dos goles cargados de orgullo
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Con la efusiva celebración de sus goles, Raúl delató la carga que llevaba dentro. Fueron el sexto y séptimo de la tarde, irrelevantes para la victoria, pero trascendentales para la estabilidad emocional del capitán. O marcaba o se recomía por dentro. No corren buenos tiempos para la credibilidad de Raúl y cada gol que no firmaba era una palada de arena sobre su orgullo. Bregó como un león sin mirar ni el marcador ni el reloj hasta lograr su objetivo. Cayó un balón del cielo y rompió su mal fario. Minutos después selló una obra de autor: cuchara sobre Sergio Sánchez y delirio interior.
A partir de ahí se vio que nadie quiso estropear la cifra mágica del '7'. El capitán reposaba por el césped saciado, crecido, confiado y reconocido por el aliento de un Bernabéu agradecido. Raúl goza del respeto reverencial de sus compañeros y de la mayoría del madridismo. Así es y así sucedió: jugadores en piña sobre su líder y público entusiasta con la resurrección goleadora de la bandera del club. Raúl no es el que fue, no está para ir a todas las guerras, no debe someterse a sobreexplotación. Raúl debe saber que su éxito está en administrar su bravura.



