El efecto gaseosa del Zaragoza

Noticias relacionadas
El Zaragoza comenzó al galope y acabó cayéndose del caballo. Un nuevo chasco, éste ciertamente inesperado, que acabó por descomponer a los quince mil fieles -los que nunca fallan- que acudieron ayer al estreno de la Segunda División en La Romareda. El equipo de Marcelino tuvo un arreón inicial de vértigo, diez minutos de entusiasmo agitados por un rapidísimo y oportunísimo Ewerthon -el regreso de 'Ewergol' siempre es una buena noticia para el Real Zaragoza-, pero lo que se presumía una fácil goleada acabó en un frustrante empate. Y aún pudo ser peor. El Zaragoza completó una primera parte muy apreciable en cuanto al orden táctico y el repliegue defensivo -lo de su fútbol ya es otra cosa-, pero volvió a desertar tras el descanso. Y esta vez tenía dos goles de ventaja.
La recaída de Oliveira ya se había dejado sentir lo suyo, porque arrastraba a toda la defensa de la Real en beneficio de Ewerthon, pero al equipo se le hizo de noche en la segunda mitad. La entrada de Braulio aportó muy poco al ataque y se echó en falta mucho fútbol en la línea de creación. Eso, desgraciadamente, no es nuevo este curso. Zapater fue de menos a más, pero Generelo no ayudó nada en la concepción del juego y perdió mil balones. Y Caffa salió demasiado tarde al campo. La Real Sociedad, hay que decirlo, tuvo su premio final, porque fue valiente, porque con un equipito y cuatro cañas se atrevió hasta el final con el balón. Tocó y tocó siempre hasta que se encontró con dos goles y un punto. Lillo no ha tenido demasiada suerte en el fútbol, pero es valiente. Eso no se lo quita nadie.



