Phelps y los cuatro magníficos
La hazaña maravillosa del nadador estadounidense Michael Phelps en el Cubo de Agua de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 adquiere una mayor brillantez si se desempolvan los libros de historia o se rebusca en lo más profundo de la memoria para refrescar las biografías de aquellos héroes a los que ahora ha superado el chico de Baltimore. Aquellos cuatro que habían escuchado en su honor nueve veces el himno de su país en unos Juegos.
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En esa antología de estrellas de nueve puntas encontramos, por orden cronológico, a un atleta finlandés de los años veinte (Paavo Nurmi), a una gimnasta soviética de los cincuenta y sesenta (Larisa Latynina), a un nadador norteamericano de los sesenta y setenta (Mark Spitz) y a otro estadounidense, éste atleta, de los años ochenta y noventa (Carl Lewis). Todos ellos han engrandecido el deporte y todos ellos están grabados a fuego en el inconsciente colectivo de aquellos que hemos vivido siempre a la sombra de los cinco aros olímpicos.
Acudir a unos Juegos es algo reservado a los mejores. Ser medallista olímpico, digno de superélites. Proclamarse campeón significa tocar el cielo. Y llegar a las nueve medallas de oro, o a las diez, supone habitarlo para siempre. En ese Paraíso olímpico están el Finlandés Volador, la Reina Madre, el Tiburón y el Hijo del Viento. Héroes de leyenda. De una leyenda interminable que, ahora, supera Michael Phelps.




