Yo digo Enrique Ojeda

Yo también perdí con Isabel

Enrique Ojeda
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En la barra de su chiringuito que preside la camiseta de Raúl con la Selección de fútbol, El Chato de Casares imparte lecciones de deporte. Frente a su parroquia futbolera, se exhibe. Sabe de todo. "Que son años leyéndolo to, y escuchándolo to. Que en verano duermo en la playa, cuidando el negocio, y con el transistor en la oreja". Por eso era capaz, en los días previos de los Juegos de Pekín, de hacer pronósticos con tino y aceptar apuestas, dos cafés a uno, acerca de medallas. Fe ciega en el judo y en Isabel Fernández. Falló.

T ambién yo me equivoqué. Eché cuentas y no había duda, Isabel ganaba medalla: bronce en Atlanta (¡cómo lo disfrutamos!) y oro en Sydney. Nada en Atenas, pero con disculpa: la presión de llevar la bandera repercutió en el tatami. Ella, campeona de todo, con un historial tremendo, en la recta final de su carrera, iba a Pekín para volver a su concejalía de Alicante con un nuevo éxito, el último antes de colgar el kimono. Madrugué sólo para verla, por su competición integra, porque quería esa medalla por todo lo que representa. Lo siento Isabel, por ti, por nuestro judo que repite un inexplicable fracaso, y por El Chato, que tanto te admira en la distancia de su playa y que tanto deseó tu último ippon.

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