El derecho a volar del polluelo
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El fútbol es como la vida: los hay buenos y malos, listos y tontos, rápidos y lentos, ganadores y perdedores, y además el círculo de la vida es el mismo y si no, fíjense en el caso de Miguel Ángel Moyá. El todavía portero del Mallorca quiere echar a volar y de momento no le dejan. Criado en la cantera mallorquinista, ha defendido la portería bermellona en todas las categorías posibles, ha sido subcampeón de la Copa del Rey juvenil en más de una ocasión, internacional en categorías inferiores, se ha arrastrado por los campos de Segunda B durante tres temporadas volando de palo a palo y lleva cuatro temporadas consecutivas en Primera División batiéndose en los entrenamientos con Prats, Westerveld y Lux para acabar siendo casi siempre el titular.
Ahora, al niño de la casa, le llega una oferta mareante en un club importante como es el Valencia y en el Mallorca piden una cantidad que de momento no aceptan en Mestalla. Por un lado entiendo al club que tiene en su portero un patrimonio y además tiene la necesidad de seguir subsistiendo de sus ventas, pero por otro entiendo al niño que se ha criado en casa, que ya sabe cómo funcionan las cosas de la vida y que está dispuesto a marcharse del nido para empezar a vivir su vida en otro lugar. El derecho a volar es algo natural y lógico, aunque entiendo a esos padres que se preocupan por la criatura y temen perderla. En el fútbol todo es como en la vida, sólo que además los niños valen un dineral y hay que pagar por ellos, esa es la diferencia.




