El ojeador que hubiera querido ser
Noticias relacionadas
Yo, lo confieso, hubiera querido ser ojeador. Ojeador internacional, de haber podido elegir: viajar por el mundo, asistir a los estadios camuflado con un bocadillo y un cuaderno, tomar nota y poner notas. Y prometo que yo no viajaría siempre a Brasil. Visitaría Hungría, por ejemplo, donde algo debe quedar del talento de hace 50 años, y recorrería otros países de la vieja Europa de difícil rastreo con la parabólica. Porque yo buscaría genios baratos, figuras locales, promesas desbordantes, ese tipo de jugador que sólo necesita una ventana para mostrarse al mundo. Yo pondría el marco.
Mi objetivo, para que me entiendan, hubiera sido fichar a Pepe cuando jugaba en el Marítimo y a Cristiano cuando vestía la camiseta del Nacional. De modo que habría rentabilizado los viajes a Madeira. En esa frontera se mediría mi trabajo: descubrir al crack antes de que lo iluminen los focos. Y en ese empeño disputaría una carrera con los ojeadores del Sevilla y el Arsenal, muy parecida a las carreras de los exploradores que hace cien años pugnaban por conquistar un territorio para su rey o para su orgullo. No lo niego: fue un acierto deportivo contratar a Pepe y Sneijder. Pero no fue un buen negocio. El negocio, no lo olvidemos, lo hizo quien los vendió.



