Vencimos a los hijos de otros
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Tuve la suerte, en realidad el lujo, de seguir el partido de Italia al lado de los familiares de uno de los jugadores clave de nuestra Selección. En la grada se puede saltar mucho más (e insultar y quejarse y gritar) que en la tribuna de Prensa, aunque me contaron que representantes de medios eternamente contrarios se abrazaron al final del encuentro, un gesto que apenas se ve hoy en día en el circuito periodístico en el que cada vez más prevalece la distancia y cierto cinismo. Pero al lado de los familiares de los futbolistas se ven dos partidos: el del jugador y el de la Selección.
Por ejemplo: se lloran los penaltis después de que se tiren porque, para la madre, la novia o la esposa del lanzador, haberlo marcado es el principal alivio, un sentimiento más fuerte que la alegría del tanto. O si el jugador en concreto escoge la jugada equivocada la decepción para el padre es mayor que un mal centro de otro futbolista cualquiera. A pocas filas de donde estábamos, vimos a la madre de Iker necesitar de asistencia y las otras madres, además de asustadas, se miraban aliviadas por no ser las progenitoras del portero titular: qué sufrimiento, pobre mujer. Lo del domingo, pues, supo a gloria porque vencimos a Italia, a nuestra historia y a los hijos de otros.




