El mito nació en el Ullevi de Goteborg

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Parece que fue ayer, pero ya ha transcurrido una década prodigiosa que ha convertido al niño en leyenda y al portero imberbe en mito. Tuve el privilegio de asistir al debut oficial de Casillas en el estadio Ullevi de Goteborg y no olvido a ese niño de 19 añitos al que ya se le veían tablas y un perfil propio de un hombre de hielo. Encajó un gol de penalti (nunca fue su fuerte), pero ya le intuí una serenidad y una frialdad bajo los tres palos impropias de un chaval que acababa de salir del cascarón de la vieja Ciudad Deportiva... Camacho supo darle la alternativa convirtiéndose en el descubridor para España de un portero que marcará una época, a la altura del divino Zamora.
Les voy a contar un secreto. Iker acudió encantado a aquella Eurocopa sabiendo que no iba a jugar ni un minuto, pero su ambición y su fe increíble en sí mismo le hicieron dar ese paso. A cambio, sacrificó la única frustación en su exitosa carrera: participar en unos Juegos Olímpicos. Si hubiera querido, habría estado en la final olímpica de Sydney, pero el Supermán de Móstoles sabía que después de haber ganado la Champions en París siendo un crío estaba llamado a adelantar todos los plazos lógicos en la carrera de un portero. Y el sacrificio merecía la pena. Ahí le tienen, a sólo tres partidos de alcanzar a Camacho con la Roja (cumplirá los 81 en el cruce de cuartos), con el brazalete de capitán cosido a su imbatible brazo izquierdo y a su corazón. Que es de todos los españoles.



