Yo digo Raúl Romojaro

Una farsa de final predecible

Raúl Romojaro
Redacción de AS
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Admito que me gusta tanto el deporte como tan poco la política deportiva. Todo este entramado de presidentes, federaciones, asambleas, reuniones y líos de despachos me parece tan sólo un mal necesario para que lo realmente importante siga funcionando. Pero, por desgracia, en demasiadas ocasiones cobra un protagonismo que preferiría desapareciera. Fundamentalmente, porque casi todo me suena a una gran mentira, a diplomacia de salón en la que se manejan intereses muy a menudo ajenos al propio espíritu de la competición. Y lo ocurrido con Max Mosley y la FIA viene a refrendar mi teoría, alejándome aún más de cuanto tenga que ver con estos conflictos. Lo de ayer en París fue un paripé de cara a la galería que, desde luego, no beneficia al automovilismo.

El problema es estructural: resulta muy difícil echar de su poltrona a un dirigente deportivo mientras controla el poder. Porque muy pocos, sólo los más valientes, son los que se atreven a enfrentarse a su autoridad. Unos, asustados ante posibles represalias en el caso de que el golpe de mano fracase; otros, animados por promesas de una vida mejor si se mantiene el orden establecido. Así que Mosley se puso ante la Asamblea General de la FIA con la batalla ganada, con un veredicto favorable de antemano. Sabía quiénes le apoyarían y los motivos por los que lo iban a hacer, así que no tenía nada que temer ni que perder. Todos los asambleístas saben que la imagen de este presidente no es buena para el deporte, pero sólo 55 se atrevieron a intentar cambiar las cosas.

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