Hay límites para la agresividad
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Las motos de carreras no llevan retrovisores, ni intermitentes, ni claxon. Lo sé. La cortesía no existe para un piloto cuando salta a la pista. También lo sé. Pero creo que la agresividad debe tener límites, porque de lo contrario estos chicos terminarán haciéndose mucho daño. Lo de Simoncelli ayer en Mugello me parece inadmisible, primero porque ganó de una forma nada deportiva y segundo, porque pudo provocar una catástrofe tirando a Barberá en plena recta. Y en estos casos a mí, al menos, no me sirve aquello tan manido de 'son cosas de las carreras'. Jugar sucio no es nunca tolerable, menos aún cuando también se compromete la integridad, diría casi que la vida, de un rival.
Este jovencito italiano, gran amigo de Rossi y de un talento indiscutible, es propenso a meterse en fregaos. Por supuesto que admiro a los pilotos valientes y decididos, son los que ponen la salsa a la competición, aunque es esencial que sean capaces de discernir dónde acaba el arrojo y comienza la temeridad. Porque, insisto, no es cierto que en las carreras valga todo, que cualquier maniobra es admisible al amparo del fragor de la batalla. Simoncelli merecía ayer un escarmiento, tanto por lo peligroso de su acción como por lo ejemplarizante que hubiera resultado para todos los demás. La ley de la jungla no puede ser la que impere ni en el deporte ni en los circuitos.




