Comenzó el principio del fin de ciclo
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El barcelonismo enloqueció aquella noche de mediados de noviembre de 2005. Con un equipo que disfrutaba en el terreno de juego y que deleitaba a sus aficionados, los culés consideraban que comenzaba una nueva era en el fútbol mundial teñida de azulgrana. Con los cracks implicados, con hambre de títulos, con la sensación de ser invencibles, acumulaban victorias, ofrecían espectáculo y pisaban con fuerza el acelerador hacia la gloria y el reconocimiento. Eran tiempos de celebraciones colectivas, fechas en las que nadie se fijaba en la poca intensidad de las sesiones y días en los que, si los futbolistas salían de fiesta, todos los testigos acababan mirando al otro lado de la sala. El Barça era una máquina de hacer fútbol y de anotar goles impresionantes, que acabó a mediados de mayo en Saint Denis, modernísimo estadio de París, alzando la segunda Copa de Europa de su historia.
Por entonces, Joan Laporta era un tipo adorado por el pueblo, que parecía haber tocado la tecla perfecta y estar rodeado de la mejor junta del mundo. Pero no. Curiosamente, después de triunfar en Madrid, Londres y Milán, el propio ego del equipo ahogó al colectivo. Nunca más rindieron como antaño y la depresión sustituyó a la euforia. Humillar al Real en el Bernabéu fue una de las sensaciones del barcelonismo moderno. Una gesta que fue comparada al 0-5 liderado por Johan Cruyff, gurú de Laporta, que tuvo que tragar que el Barça de Ronaldinho fue mejor que el Dream Team.




