Estadios como catedrales
Los estadios de los Juegos son las catedrales del olimpismo. Recintos que se hacen casi sagrados durante las competiciones de atletismo y las ceremonias de inauguración y de clausura, pero que nos cuentan historias más bien terrenales y en algunos casos pintorescas. El Panathinaikón de Atenas 1896 se edificó en mármol, lo pagó un millonario y persiste hoy en día, como monumento, aunque acogió la entrada del maratón en los Juegos de 2004. El de París 1900, en el bosque de Bolonia, tenía árboles en el centro, y contra ellos se estrellaban los martillos y las jabalinas. El de Berlín 1936 fue el mayor de su época (76.000 espectadores) y desde su palco Adolf Hitler tuvo que ver como Jesse Owens desmentía la superioridad aria. El de Helsinki 1952 tiene aún una bella torre cuya altura se atribuye a la marca (71,72 metros) con la que el jabalinista finlandés Matti Jarvinen venció en Los Ángeles 1932. Lástima que la leyenda sea falsa, porque la torre ni siquiera tiene esa medida. El de México 1968 fue el primero con material sintético y situado en altitud (2.240 metros) y el de Barcelona 1992 se inundó clamorosamente el día de su inauguración en la Copa del Mundo 1989 de atletismo. Ahora tiene en común con el de Pekín que también es un nido, pero de periquitos.




