La guinda de los triunfos
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Cuando el título sólo depende de la confirmación matemática, la cuestión es el pasillo. Lo que debería ser una costumbre galante, como sucede en el rugby, se ha transformado en un asunto morboso, que equivale a un último triunfo que se añade al primero y fundamental. En cierto modo, el pasillo es la victoria total, porque significa que el enemigo admite públicamente la superioridad de su adversario, o mejor aún, su propia inferioridad. Supongo que es muy español exigir el reconocimiento de nuestros éxitos e ignorar, al mismo tiempo, los méritos ajenos, como se puede apreciar cada cuatro años después de las elecciones.
Aunque no siempre fue de esa manera. El primer pasillo que se recuerda en España se vio en un partido de Copa en el Manzanares (17-5-1970), donde el Athletic de Bilbao homenajeó al Atlético de Madrid, que se había proclamado campeón de Liga. Los vascos, que terminaron el campeonato en segunda posición y que lo dominaron hasta la penúltima jornada, hicieron gala de un comportamiento exquisito y espontáneo, sin que se pueda decir si estuvieron inspirados por su condición de parientes de los rojiblancos madrileños o por ser herederos de la esencia del fútbol británico. Supongo que en lo anticuado se incluye cierta elegancia que ahora se ha perdido.



