Ya no quiero llevar la antorcha
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Desde pequeño me han entusiasmado los temas olímpicos. Con 16 años vi pasar la antorcha por Colón camino de México. Creo que había desembarcado en Ampurias y atravesaba España en diagonal hacia el Puerto de Palos. Eso de que la llama se trasladara a pie desde Atenas me impactó. Me pareció un ejemplo de solidaridad, de romanticismo, de admiración, de esfuerzo. ¡Ay, si algún día pudiera portar esa antorcha! La ocasión se me presentó 24 años después. Los Juegos eran en Barcelona y la llama iba a andar de arriba para abajo por España. Mal se me tenía que dar para no hacer algún relevo. Hice los primeros contactos. Vi que no iba a resultar difícil. Había una lista para periodistas. Pero aquello no me empezó a gustar.
La demanda era tanta que los relevos se redujeron de mil metros a quinientos. Y lo peor: en la lista aparecía todo el famoseo. Renuncié espantado sólo de pensar que la antorcha me la diera o se la tuviera que dar a alguien de ese mundillo. Otra vez será. Y esperé. La llama volvió a Madrid en 2004 pero fue un paripé. Madrid era candidata olímpica y se removió Roma con Santiago para que se hicieran unas fotos con ella Gallardón y Don Felipe. Ahora ya he desistido para siempre de llevarla. ¿Qué sentido tiene portarla rodeada de guardias de seguridad y escoltada por la policía? ¿Qué sentido tiene que viaje en avión de ciudad a ciudad movida por oscuros intereses? Una pena, pero la antorcha ya no es como era. Por mí, como si desaparece.




