Yo digo Manuel Pecino

Eastern Creek, en Australia 96

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Josep Crivillé subió a la sala de prensa. "Vente al box", me dijo sin rodeos. Le vi tan tenso que no le pregunté ni para qué ni por qué. Me levanté y le seguí. Mientras íbamos camino del garaje de HRC, vi como el público había ya invadido el circuito y se dirigía a pie de podio. Álex Crivillé acababa de tirar, en la última vuelta de carrera, al héroe local, Mick Doohan. Entendí por qué me había venido a buscar Josep. Había que arropar a su hermano Cualquier cosa podía pasar en los siguientes minutos.

Llegamos al box del equipo Repsol Honda. El ambiente se cortaba con un cuchillo. Los japoneses, alineados como una formación militar en el fondo, ni pestañeaban. Nadie hablaba. Nadie se movía. Sólo Crivillé andaba, con la parte superior de su mono atada a la cintura de un lado a otro. Se le veía nervioso. Los golpes de los aficionados aussies en la puerta no hacían más que aumentar la tensión. De repente entró Doohan. Llegó hasta Álex y le increpó. Ambos empezaron un tensísimo cruce de palabras en el que Doohan, discutiendo en su idioma, llevó la iniciativa. En un momento dado, uno de los mecánicos del australiano, un tal Buda, intervino en el rifirrafe. En ese preciso instante, el propio Doohan se revolvió como un rayo y clavando su mirada en él le gritó: "¡Cállate, las cosas de pilotos se resuelven entre pilotos!". Así debería ser siempre.

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