Sin técnico, sin centrales, sin nada...
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El que firma esta columna empieza a estar harto de repetir las carencias de este Sevilla. Desde el mes de diciembre se detecta que las cosas no marchaban por el rumbo adecuado. No sirvieron el susto que dio el Denia, la cobarde eliminación ante el Barcelona y el fracaso con el Fenerbahçe para admitir los fallos. El Sevilla huyó hacia adelante, buscando argumentos debajo de las piedras para desviar las críticas. En el Bernabéu, todos los problemas explotaron en la cara.
A Manolo Jiménez se le ha escapado el invento de las manos, contribuyendo directamente a la vulgarización del equipo. Lo que hizo ayer no tiene explicación. Quitó a Navas por Crespo, aniquilando la banda derecha más peligrosa y temida de Europa. Miedo al Madrid. Viejos tiempos mediocres. Olor a rancio. Ha aniquilado la personalidad que asombró al fútbol en dos años maravillosos. Pero hay más. Desde el inicio liguero también quedó patente que la apuesta por Mosquera y Bouhlarouz era una broma. La secretaría técnica no quiso asumir el error y renunció a ir al mercado invernal. Anoche, hasta el potencial ofensivo saltó por los aires. Hay mucho en juego para no parar esta sangría.



